
Por Enrique Roldán Cañizares / @enrolcan
En una calurosa noche de verano de 1999 mi yo de 11 años estaba en el sofá viendo la tele. El Real Betis Balompié jugaba la semifinal de la XLV edición del Trofeo Carranza contra el Vasco de Gama, y que el Betis jugara contra un equipo brasileño era una auténtica fantasía para mí. Pero si el partido en sí no fuese suficiente, hubo un momento del encuentro que se me quedó grabado a fuego en la memoria: Toni Prats cogió la pelota dentro del área y, ante la presión del delantero brasileño, hizo un recorte que lo dejó tirado en el suelo.
Aquello fue la apoteosis, el clímax, la muestra de fastuosidad bética más grande que se podía vivir. Nuestro portero había dejado revolcándose por el césped a un delantero brasileño, una cosa que por entonces (y por ahora también, porque el Mundialito de clubes lo veo lejano) solo podía ofrecerme un amistoso veraniego.
Y es que, para qué engañarnos, me encanta viajar con el Betis para ver los partidos amistosos que jugamos durante el verano. También me encanta viajar durante el resto del año, ya sea por España o por Europa, pero los amistosos tienen un puntito que es difícil de explicar.
Por supuesto, dicho puntito tiene poco que ver con el juego que se ve en el verde. Los partidos de pretemporada como tal son una de las cosas más infumables que uno puede echarse a la cara, pero el ambiente que se respira es diferente. En los amistosos de verano, más allá de pasar el mismo calor que en los partidos de principios de Liga en la Cartuja, ves las caras de alegría por volver a ver al Betis después de los dos meses más largos del año. Te reencuentras con algunos malitos que, como tú, intentan no perderse ningún viaje del Betis y no has vuelto a verlos desde la última vez que coincidisteis en Salónica, en Chisinau o en Bilbao. Hay familias que viven fuera de Sevilla pero un amistoso más cerca de su casa o del lugar de veraneo les permite acerarse a ver a su Betis mientras se comen su bocata en el descanso. Hay niños desgañitándose cada vez que un jugador pasa cerca de ellos y que están deseando que el árbitro pite el final para invadir el campo. En definitiva, hay fútbol cañí y, lo que es más importante, afición en estado puro.
Porque en un mundo en el que cada vez queda menos del fútbol que los que ya empezamos a peinar canas vivimos cuando niños, los amistosos de pretemporada son una tabla a la que asirnos en este fútbol moderno. Supongo que por eso me gustan tanto y me da igual coger el coche y pegarme un viajecito con el gasoil a casi dos euros el litro.
Es cierto que durante el periodo en el que se juegan estos amistosos debemos de sufrir otro de los grandes problemas de los tiempos actuales: los expertos en fichajes. Si no sabes diferenciar entre “haber” y “a ver”, ¿qué coño vas a saber tú de las posibles entradas y salidas en el mercado? Antiguamente uno bajaba todos los días al kiosko del barrio y, mientras el dueño estaba entretenido con otra cosa, mirabas de reojo el Estadio Deportivo, para ver si el Betis iba a fichar a alguien. Es verdad que acertaban incluso menos que los gurús de tuiter, pero por lo menos no había faltas de ortografía.
Pero para quitarte el mal sabor de boca de los opinólogos que te ponen la cabeza como un bombo hablando de fichajes, entrenadores, finanzas y la casa que tenía alquilada Aouar en Sevilla, coge el coche, el autobús o lo que haya para ir a ver al Betis jugar mañana en La Línea contra el Almería. Yo reconozco que no voy a ir, pero por la sencilla razón de que en una semana he ido a Huelva, Granada y La Línea, pero, si tienes la oportunidad, arranca el coche y vete cerca de donde los británicos hablan en llanito. Grítale desde cerca a Bellerín y a Bartra para decirles que quieres su camiseta, tómate tres botellines en el chiringuito antes del partido y disfruta del balompié de siempre antes de que la Liga nos devuelva al fútbol moderno. Como digo, esta vez me lo veo desde el sofá porque estoy harto de carretera, pero lo hago contento. Y es que tengo la tranquilidad de que, mientras haya un amistoso del Betis en un campo andaluz, habrá alguien que sienta lo que yo sentí cuando vi a Prats, hace ya 27 años, revolcando por el suelo a aquel brasileño.
