
Por Enrique Roldán Cañizares / @enrolcan
Los partidos europeos deparan unas historias maravillosas, por mucho que las ciudades de los equipos que se enfrentan tengan por medio muchísimos kilómetros y, lo que es peor, muchísimos franceses. Es lo que pasa entre la Muy Noble, Muy Leal, Muy Heroica, Invicta y Mariana, Sevilla, Ciudad del Betis y Lille. Porque si te das una vuelta por el barrio de Santa Cruz a una hora en la que todavía los guiris se estén comiendo sus tostadas con salmón, aguacate y semillas de chía, y al día siguiente apareces en el patio de la Vieille Bourse de Lille, vas a notar que en el aire flota algo que te hace pensar que esos dos sitios tienen algo en común.
Si el barroco del Hospital de los Venerables puede recordar a algunas fachadas de Lille es por la sencilla razón de que la hoy ciudad francesa fue durante más de un siglo tan parte de la Monarquía Hispánica como el río Betis. Carlos I heredó por la vía paterna aquellos territorios en 1506 y en su herencia se lo dejó a su hijo Felipe II, pasando posteriormente a los Austrias menores, hasta que se perdió cuando Carlos II, con sus hechizos y sus cosas, no era más que un niño. Y es que, durante ese siglo y medio, mientras los barcos entraban por el Guadalquivir cargados de plata para la Casa de la Contratación, las telas y los encajes que se vendían en la Plaza del Salvador venían de Lille, así como de otras ciudades que conformaban los núcleos de producción del sur de Flandes. Sevilla ponía el dinero, la alegría de vivir y el buen tiempo, mientras que Lille ponía los paños y el frío. Dos extremos de una red comercial que hacía que nuestra ciudad floreciera como no ha vuelto a hacerlo en siglos; con la excepción, claro está, de la final de Copa del Rey de 2022.
Ahora, ese balompié que fue capaz de hacer que alemanes e ingleses dejaran de pegarse tiros en la famosa tregua de Navidad de 1914, ha querido que nuestro retorno a la Champions League pase por el Pierre-Mauroy de Lille, esa ciudad en la que sus habitantes, hace menos de cuatro siglos, tenían el mismo rey que tenían nuestros antepasados. Que también es verdad que, con la que liaron los Austrias, raro es el cachito de tierra europea que no agachaba la cabeza cuando pasaban Carlos V o Felipe II, pero cuando pasa en una ciudad que hoy es francesa, da hasta un poquito más de gusto.
Han tenido que pasar 21 años. Veintiún años enteros de travesías raras, de viajes a campos donde el viento soplaba de costado y de noches en las que la máxima competición europea te hacía recordar al gol de Dani al Chelsea. Dos décadas después de aquella generación de Joaquín, Oliveira y compañía, el Betis regresa al escenario de los elegidos. Y lo hace, curiosamente, en la misma plaza fortificada desde donde nos mandaban telas para que los sevillanos se hicieran sus camisas y pañuelos.
Pero no vamos a Flandes a comprar telas. Vamos a jugar a la pelota con la alegría de quien se ha comido más de dos décadas de espera. Las crónicas de la época decían que los soldados que guardaban las murallas de Lille en el siglo XVII se desesperaban con el frío y la humedad de la región, y que solo sobrevivían a base de paciencia y guisos potentes. Algo de esa misma paciencia de hierro conoce bien la afición bética, entrenada durante más de veinte años en el arte de esperar a que vuelva a sonar el himno de las estrellas.
Lille guarda en sus calles la huella de un tiempo en que las decisiones de su plaza mayor resonaban en el Alcázar sevillano. Este partido es la excusa perfecta para volver a conquistar, aunque sea futbolísticamente, lo que una vez fue nuestro. Que la pelota eche a rodar en el norte y no nos llueva en la previa. El Betis llega a Flandes 21 años después para recordar que, donde hay un trozo de historia compartida y un balón de por medio, los béticos siempre tenemos algo que decir. Y si es con tres puntos en la maleta de vuelta al Sevilla, muchísimo mejor.
