Betis Bohemio

Béticos y Cataluña

Por Francisco Melendo / @FcoMelendo

Agosto de 1986, como tantos miles de andaluces, empieza una nueva historia para dos jóvenes recién casados lejos de su tierra. En una campiña cordobesa con pocas salidas más allá de unos meses vareando olivos, las oportunidades en temporadas de vendimia y espulgue en viñedos del norte de España y el sur de Francia (lo cual suponía alejarse unas semanas de casa), o con un poco de suerte, unos duros jornales cosechando remolacha, garbanzos o algodón, deciden buscar una oportunidad en un lugar que, sin saberlo, muchos lustros más tarde acabaríamos nombrando como la novena provincia gracias a ellos.

Como tantas historias personales esto iba a formar parte de una historia colectiva, una historia de apego, arraigo e identidad a unos colores, a una tierra y a una bandera, una historia en verde y blanco. Y es que como decíamos un poco más arriba, sin tener conciencia de ello, todos esos miles de emigrantes de cada una de las ocho provincias andaluzas, incluso de las dos extremeñas, iban a acabar teniendo como máximo exponente de su origen y, por ende, como elemento común, un escudo con dos colores y trece barras, el escudo del Real Betis Balompié. Porque en ese escudo vieron reflejada su misma humildad, su mismo sacrificio, el mismo esfuerzo a reponerse en los momentos más difíciles y el mismo grito de rebeldía y no conformismo que supone el manquepierda. Porque como dice esa canción, para ellos simboliza mucho más que un sentimiento, un escudo o una bandera, es mucho más que todo eso, es una forma de entender la vida, un símil con la propia.

Por eso cada una de las peñas béticas que existen o han existido en la región catalana han sido la casa de todos ellos, el lugar de reunión, el punto de encuentro en el que onubenses, sevillanos, cordobeses, jienenses, almeriense, malagueños, gaditanos y granadinos, pese a estar lejos de los suyos, han conseguido estar un poco más cerca de su hogar. Y por eso también, cada partido en Palamós, Lérida, Sarriá (años más tarde en la montaña de Montcuic y ahora Cornellá), Camp Nou, Girona, Sabadell o cualquiera de los estadios catalanes en los que desde hace décadas juega nuestro club, se ha convertido en una fiesta para todos ellos, un día en el que se han vuelto a sentir un poco más cerca de su tierra y donde los hijos y nietos de esos valientes recordamos y celebramos con orgullo la herencia más grande que nos pudieron dar.

Y hablando de hijos y nietos, ¿saben que es lo mejor? Que muchos de esos padres y abuelos volvieron a su tierra, otros tantos ahora nos ven desde el cuarto anillo, y pese a que su historia personal llegara a su fin por una causa u otra en Cataluña, la historia colectiva de la que formaron parte sigue escribiéndose, y es que también desde la inconsciencia, no solo se llevaron consigo el sentir bético y todo lo que ello representa, sino que plantaron la semilla de un árbol que ha crecido (y de qué manera), que está más arraigado que nunca y que se ha convertido, para aquellos afortunados que pueden disfrutar cada 15 días de su equipo, en todo un orgullo.

Ayer, hoy y siempre, larga vida a la novena provincia. Ayer, hoy y siempre gracias a cada uno de todos aquellos padres y madres, abuelos y abuelas que, con la mayor de sus penas, como en aquel agosto de 1986, se fueron con poco más que una maleta a mil kilómetros para labrarse un futuro mejor, pero que, con la mayor de las alegrías, nos dejaron el mejor de los legados.

Este artículo formó parte de la Revista Betis Bohemio 8: Afición, que puedes descargar aquí:

Revista nº8. AFICIÓN

 

 

 

 

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