El Tercio Viejo del Villamarín

Por Enrique Roldán Cañizares / @enrolcan

Hubo una época en la que, para asustar a los niños holandeses, sus padres les decían que venía el Duque de Alba. Si los zagales no querían almorzar, desde la cocina se escuchaba un Alva komt!… y eso bastaba para que los niños se comiesen los arenques crudos que sus madres les ponían por delante. Y la verdad es que Fernando Álvarez de Toledo, el tercer Duque de Alba, se ganó a pulso que a los holandeses les temblase el labio de abajo con solo escuchar su nombre. Algo parecido a lo que les pasa a los del Feyenoord desde la semana pasada cada vez que ven un vídeo de Abde arrancando con la cabeza agachada.

Pero claro, el Duque de Alba no se habría hecho un nombre en Flandes si no hubiera sido por Guillermo de Orange. Un amigo, catalán y bético, que hizo a la inversa el viaje que el Tijeritas canta en su “Del sur a Cataluña”, me dijo que esperaba que le dedicase “un insulto al bastardo de Guillermo de Orange”. Y yo, que soy un mandado, no veo mejor manera de insultarlo que dejando aquí esa sutil referencia a la bastardía del rebelde holandés.

¿Y por qué este muchacho, amante de partir copas de rakia en Sofía, tiene esta visión sobre Guillermito? Pues porque este no tuvo otra ocurrencia que convertirse en la cabeza militar y política de las provincias de Flandes que se rebelaron contra la Monarquía Hispánica y Felipe II a mediados del siglo XVI. Fue así como se convirtió en el archienemigo del Duque de Alba, quien no tuvo problema en montar en aquellas tierras del demonio el Tribunal de los Tumultos para perseguir a los rebeldes protestantes ni en vencer a Guillermo en las batallas de Jodoigne o Jemmingen. Unas victorias, por cierto, que el Betis ha imitado en ámbitos futbolísticos. No en vano, el año pasado ya ganamos al Feyenoord y al Utrecht, en 2006 eliminamos al AZ Alkmaar con goles de Tardelli y Robert y en 1998, con Javier Clemente a los mandos, también nos quitamos de en medio al Willem II.

Todo el jaleo entre la Monarquía Hispánica y Flandes duró más de lo que solía durar la vida de una persona -por muy noble que fuera- durante el siglo XVI. De hecho, Guillermo de Orange fue asesinado y el Duque de Alba se terminó volviendo a España, siendo clave en la conquista de Portugal. Pero el conflicto se alargó, dando lugar a la que ha sido conocida como Guerra de los 80 Años. Es aquí cuando entra en juego Sevilla. Es aquí donde vamos a volver a ver cómo la historia, una vez más, vuelve a estar de nuestra parte. Porque independientemente de que el Betis sepa ganar a equipos holandeses, nuestros antepasados sevillanos, incluso los más tunantes, ya supieron coger el Camino Español, plantarse en Flandes, y ganar batallas a los holandeses.

Lo cierto es que, a raíz de la Guerra de los 80 Años, a la Monarquía Hispánica empezó a irle regular en bastantes ámbitos, pues mantener abiertos tantos frentes bélicos requería de hombres y dinero, mucho dinero. Y en lo que a Flandes respecta, si al inicio de la Guerra era el Duque de Alba el que dirigía a los Tercios Viejos de Nápoles o Sicilia, unos años más adelante, el Conde-Duque de Olivares se vio en la obligación de hacer levas para satisfacer las necesidades de soldados en el frente. Y claro, la Sevilla del Siglo de Oro era buen sitio para reclutar soldados.

Fue así como tuvo lugar la Leva de los Pobres de la Laguna. Esta laguna no era otra que lo que hoy es la Alameda, ese sitio donde nos empapamos en la previa de la final de la Copa del Rey de 2022. Muchísimo antes de que montaran la comisaría y empedraran el suelo, la Alameda de Hércules era una laguna, con condiciones bastante insalubres, donde se juntaba lo mejor de cada casa. Así, ante la necesidad de reclutar a tantos hombres como fuera posible, vagabundos, pícaros, desempleados y desheredados fueron instruidos, cohesionados y disciplinados, hasta que llegaron a integrarse en los Tercios de Infantería. Así, tanto Cervantes como Mateo Alemán o Quevedo, contaron en sus escritos como muchos sevillanos que no tenían dónde caerse muertos acabaron encajándose en Flandes para llevarse por delante a todo el holandés que pillaran.

Y es que estos soldados, tan de la bética como nosotros, pasaron de ser unos tunantes de la Alameda a unos temibles soldados. Y lo hicieron, igual que lo hemos hecho los béticos, a base de golpes. La larga marcha por el Camino Español, desde Italia hasta Flandes cruzando los Alpes, servía para adiestrarlos y para convertirlos en arcabuceros de élite. Algo parecido a los béticos que hemos pasado todas las penurias del mundo por campos de mala muerte. Porque nadie debe olvidarse de que el partido aquel contra la Llagostera en el que llovió como si estuviéramos en Holanda, no hace tanto tiempo que se jugó.

Pero Llagosteras aparte, y volviendo a los tunantes sevillanos de la Alameda, hay que decir que estos participaron en la Batalla de Nördlingen, logrando una de las victorias más importantes de la historia de los Tercios, así como en el sitio de Lovaina, donde pudieron romper el cerco franco-holandés que había sobre la ciudad. Quién sabe si los béticos, espoleados por aquellos tunantes de la Sevilla capital del mundo, sacamos de ellos las fuerzas para arrebatarles las llaves de los tres puntos tanto al Lille como al Oporto. Pero como también somos de compartir desgracias, no podemos olvidar que estuvieron presentes en la batalla de Rocroi, el mayor manquepierda de la historia de los Tercios, casi tan grande como el que los béticos vivimos en las finales contra el Barcelona y el Chelsea de 1997 y 2025 respectivamente.

Y es que lo de Rocroi dolió, igual que dolieron esas dos finales, e igual que los arenques crudos tienen que saber a lo que les dan a los presos para que hablen. Pero ahí está ese nexo entre los Tercios de Flandes y el beticismo de previa y manquepierda: caerse, levantarse, sacudirse el barro del Camino Español y de los charcos de Llagostera, y seguir adelante. No es cuestión de asustar a niños ni a viejas, pero no estaría mal que, después del partido contra el Feyenoord, los holandeses temieran al Betis igual que temían al Duque de Alba. Porque si aquellos golfos de la Alameda fueron capaces de atravesar Europa para luchar contra unos rebeldes iconoclastas, que nadie dude que los béticos seguiremos defendiendo nuestra fe verdiblanca hasta que el último quede en pie. Ya lo hicimos en Rocroi, y lo volveremos a hacer cuando nos toque jugar otra vez en un campo de polvareda. 

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