Los catetos

Por Enrique Roldán Cañizares / @enrolcan

El partido contra el Barcelona que hubimos de sufrir en el exilio de la Cartuja –porque sí, por muchas tonterías que diga el afrancesado de Carlos Herrera, de La Cartuja hay que irse cuanto antes- fue una de las mayores vergüenzas que he tenido la desgracia de presenciar. 

Habrá quien considerará, y con razón, que fue una vergüenza por la bochornosa actuación arbitral. Pero como llevo en esto algún que otro año y ya estoy curado de espanto, la verdad es que el papelón del árbitro no me sorprendió. Es ampliamente sabido que hay dos equipos de la Liga (y si me apuras, tres) que juegan al balompié con un reglamento distinto. Robos, Negreiras, usos torticeros del VAR y dobles varas de medir cuando se trata de analizar jugadas que son exactamente iguales así lo han atestiguado a lo largo de los años. Así que ni me voy a rasgar las vestiduras ni me voy a romper la camisa a lo Camarón. Acepto que competimos en un torneo podrido y adulterado y que, si quiero seguir viendo jugar a mi Betis cada domingo, tengo que tragarme sapos de todos los colores, formas y tamaños.

¿De dónde viene entonces la vergüenza que sentí en mi asiento de Gol Sur? Como no puede ser de otro modo, viene de los catetos. La situación que se vive cada vez que jugamos contra el Real Madrid o el Barcelona roza lo esperpéntico. No es de recibo que cuando uno levante la vista vea todo el estadio salpicado de camisetas azules y rojas. Igual que es absolutamente insostenible que un gol del Barcelona sea gritado por distintas partes del campo. No lo es. Me lo pueden explicar de todas las maneras que quieran, pero, por mucho que lo hagan, no lo voy a entender.

Son incontables las ocasiones en las que, viajando con nuestro Betis, nos encontramos con mensajes del equipo de turno indicando que queda prohibida la entrada al estadio con ropa del Betis; salvo que se vaya a la zona visitante, claro está. Se ve que esta posibilidad no entra en las cabezas pensantes de aquellos responsables de la venta de entradas que todo lo que quieren es llenar las arcas del club, porque ayer había camisetas azulgranas incluso en Gol Sur. De los béticos que no tienen reparo en vender sus carnés a aficionados del Barcelona no voy a opinar nada. Es evidente que esos béticos, cuando vengan mal dadas, dejarán de sacarse el carné y en el campo volveremos a ser 40.000, exactamente los mismos que nos quedamos ayer cuando empezó a llover y ya estábamos por debajo del marcador.

Lo mejor viene cuando le preguntas a todos los aficionados culés congregados en la Cartuja si el parque de atracciones del Tibidabo sigue abierto o no. La cara de extrañeza es la misma que se les pone si en algún partido el árbitro de turno no les da una ayudita. La mitad no sabe qué es el Tibidabo y la otra mitad nunca ha estado allí, por la sencilla razón de que tienen de catalanes lo mismo que tengo yo de norcoreano.

Y me pueden contar que ellos son del equipo que quieran y que también tienen derecho a verlo. Y tienen derecho, claro, pero bajo ciertas circunstancias. Porque te voy a decir una cosa, José Agustín de Zalamea la Real, tú no eres del Barcelona porque tu abuelo emigrase al sur hace 70 años y echara en la maleta una bufanda que ponía Tot el Camp es un clam. Tú eres del Barcelona porque eres un cateto que decidió hacerse del equipo que gana. Y cuando lo ves ganar algún título por la tele, estás deseando que el alcalde de tu pueblo le ponga una valla a la fuente con rotonda más grande que haya, para ir allí a chapotear con los cuatro catetos de tus amigos.

Entonces, si quieres ver a tu equipo, ese con el que no tienes ningún lazo afectivo ni sentimental, claro que puedes hacerlo. Puedes gastarte el dinero en coger un Ryanair y encajarte en Barcelona todas las semanas. Y no te preocupes por no hablar catalán, vas a compartir grada con un viaje de chinos que tienen en común con el Barcelona lo mismo que tú. Y si no puedes cogerte un vuelo a Barcelona, Francisco José de Carrión de los Céspedes, tampoco te preocupes, puedes venir al estadio del Betis, pero eso sí, respetando la casa que visitas.

Como hacemos todos los béticos cada vez que viajamos, te buscas tus entradas en la zona visitante. Y en el caso de que no puedas hacerlo porque, ¡oh, sorpresa!, no eres socio, te compras la entrada junto a ellos. Y allí todos juntitos, animáis (si es que te sabes alguna canción, claro). Y si resulta que, en tu pueblo, Antonio Manuel de La Puebla de los Infantes, no conoces a nadie que comparta contigo la desgracia de no ser de ninguno de los equipos de la provincia de Sevilla, te vas a la Cartuja sin llevar nada del Barcelona. Porque vas a la casa de los béticos, y ahí la gente se viste de gala. Se viste con los colores verdiblancos.

Y lo siento mucho por el que diga que esta actitud que defiendo es radical y antideportiva. ¿Quién te ha dicho a ti que a mí me gusta el deporte? ¿Quién te ha dicho a ti que a mí me gusta el fútbol? Yo no voy a ver deporte, voy a ver el Betis. Un Betis que, sin duda, existiría aunque no existiese el fútbol. Pero claro, esta manera de entender qué es un equipo de fútbol, la desconocen por completo tanto Juan Antonio de Chiclana como Arturo Manuel de Ubrique, y por eso faltan al respeto cuando están en casa ajena.

Y no solo faltan al respeto celebrando un gol mientras están rodeados de béticos, sino que no tienen problema en columpiarse incluso más. En el partido del sábado, sin ir más lejos, cuando el Barcelona ganaba 2 a 4, hubo una pareja de culés, que nunca ha probado el fricandó, que tuvo una ocurrencia magnífica. Se plantaron en la grada baja de Gol Sur y, rodeados de béticos que veían indignados cómo volvían a ser robados, se dedicaron a posar para hacerse fotos mientras reían y sostenían su banderita con el escudo del Barcelona. Ellos, obviamente, no eran conscientes de que lo que hacían estaba mal. Total, si para ellos ir a ver el Barcelona es como para otros ir al teatro, al cine o a un museo. Y quizás en otra época habría sentido compasión por ellos, compasión por desconocer un verdadero sentimiento de pertenencia y amor a tu club, pero hace tiempo que la compasión se convirtió en vergüenza.

Por desgracia, catetos carentes de pertenencia van a seguir existiendo incluso si el Barcelona juega en la Superliga. Porque qué más da donde jueguen, si ellos van a seguir viendo los partidos desde la mesa camilla de su casa en La Luisiana. Pero donde sí se puede hacer algo es en el control a los accesos a la casa de todos los béticos. Que no vuelva a haber ningún Ángel Luis de Montilla vistiendo colores del Barcelona y celebrando goles en la cara de los béticos está en las manos del club. Que se vayan a la zona visitante. Si se cuelan… que se pongan una camisa de cuadros. Y si no les gusta ninguna de las dos opciones, que se queden en su pueblo. Porque en nuestra casa, sea la que tenemos alquilada en la Cartuja, sea el Villamarín cuando volvamos, no los queremos.

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