
Por Enrique Roldán Cañizares / @enrolcan
Tuvo Portugal un Rey, llamado Sebastián I, que se metió donde no debía. Cuando contaba con 24 añitos no se le ocurrió otra cosa que expandir el cristianismo por el norte de África, y aprovechando que el recientemente destronado sultán de Marruecos, Abu Abdallah Mohammed II, le pidió ayuda para recuperar el trono, se metió en el fregado de reclutar un ejército y hacerlo desembarcar en Marruecos. Su tío, que no era otro que nuestro Felipe II, le dijo que se quedara quietecito, que aquello iba a terminar como el rosario de la aurora, pero Sebastián no le hizo caso y se encajó en Marruecos con cerca de 20.000 portugueses. Allí tuvo lugar la Batalla de Alcazarquivir el 4 de agosto de 1578, y de los tres reyes que participaron en la misma (el portugués, el sultán depuesto y el sultán que ocupaba el trono) ninguno salió con vida.
Se murió Sebastián y, como no tenía hijos, la corona pasó a manos de su tío abuelo el Cardenal Enrique I. Pero Enrique no estaba ya para muchos trotes y dos años más tarde falleció, dejando sin herederos al reino de Portugal. Porque claro, un Cardenal puede tener muchas cosas, pero lo de tener hijos está mal visto. Se abrió así una crisis dinástica sin precedentes en Portugal, y fue ahí cuando apareció Felipe II, el cual, como era hijo de Isabel de Portugal, tenía más derechos que nadie -y también más fuerza, para qué nos vamos a engañar- a ocupar el trono portugués. Fue así como se consumó la Unión Ibérica, pasando Portugal a formar parte de la Monarquía Hispánica durante los reinados de los tres Felipes que los Austrias tuvieron a bien darnos.
Si durante el reinado del último Felipe que tuvimos por aquí hasta que llegaron los Borbones, Portugal no hubiera vuelto a independizarse, a día de hoy el Real Betis Balompié y el Oporto jugarían la misma liga. Pero como la propuesta de Unión de Armas del Conde Duque de Olivares no le hizo mucha gracia a los nobles portugueses y los vecinos decidieron quitarse del medio, nos tenemos que conformar con jugar contra ellos en esa competición de estrellitas e himno rimbombante que se llama Champions League.
Pero es evidente que tenemos las de ganar. Oporto es bonita, pero Sevilla le da un meneo lo mires por donde lo mires. De Oporto salía buen vino y una madera de calidad que se usaba para construir los barcos que atravesaban nuestro Atlántico (porque sí, si el Mediterráneo era de los romanos, el Atlántico era nuestro). Pero los tripeiros estaban deseando conocer las novedades que desde América llegaban a Sevilla a través de la Casa de la Contratación, incluso se liaron a emigrar en masa a Sevilla. Y si no, que se lo pregunten a la colonia de comerciantes de Oporto que se asentaron en Triana y el Salvador sin mucha intención de volver al frío que había al sur de Galicia.
En ríos tampoco nos ganan, la verdad. De lo único que se queja el río Guadalquivir, según cantaban Lole y Manuel, es de tener que decidirse entre Sevilla y Triana sin saber dónde elegir. Pero es que el Duero… yo no digo que tenga sus cositas, pero tener que elegir entre Oporto y Vila Nova de Gaia no tiene punto de comparación con elegir entre las dos orillas del río Betis. Igual que tampoco se puede comparar la Torre dos Clérigos y la Giralda, con ese Giraldillo que colocaron en la punta de la torre más alta de la Bética un siglo antes de que Portugal se independizara. Y en azulejos… qué vamos a decir. Que sí, que uno va a Oporto y ve fachadas llenas de azulejos azules, pero si entras en el Alcázar o en la Casa de Pilatos, se te quitan las ganas de irte a la otra punta de la península a comer croquetas de bacalao.
Pero el partido contra el Oporto no debe servir para recordar lo que perdimos con Felipe IV, sino para ganar lo que nos pertenece en el presente. El Oporto viene a Sevilla, a una ciudad que nunca quiso independizarse porque siempre fue soberana de sí misma. A una ciudad que tuvo a bien parir al Betis, que es sin duda lo más sevillano que hay en Sevilla. Ojalá pudiéramos volver a la Champions League en el Villamarín, pero, aunque toque vivirlo en la Cartuja, lo haremos con las mismas ganas con las que hace dos años enfilábamos la avenida de La Palmera. Porque cuando juega el Betis no importan reyes, fronteras, ríos, ni azulejos, importa lo que nos hace sentir el escudo que llevamos en el pecho. Y es que ese escudo, del que José Juan Romero dijo que era lo más bonito que había en el mundo, habría sido capaz de ganar por sí solo la Batalla de Alcazarquivir, pero Sebastián I no tuvo la suerte que tenemos nosotros, la de haber nacido en la orilla buena del río Betis.
