
Por Enrique Roldán Cañizares / @enrolcan
La Monarquía Hispánica tuvo una época en la que le daba por meterse en todos los jaleos que ocurrían en Europa. Si no era un portugués díscolo o un rebelde en Flandes, era un conflicto en medio del Sacro Imperio Romano Germánico. Y así terminamos metidos hasta el cuello en la Guerra de los Treinta Años, una contienda que acabó saldándose en una región del norte de Alemania llamada Westfalia. Allí, en 1648, entre las ciudades de Münster y Osnabrück, los diplomáticos del rey Felipe IV tuvieron que claudicar y firmar la célebre Paz de Westfalia, poniendo fin a la hegemonía europea del imperio donde nunca se ponía el sol.
No debió de ser plato de buen gusto para nuestros embajadores, la verdad. Pero menos plato de buen gusto fue para los cientos de sevillanos que, décadas antes, tuvieron que enrolarse en las banderas de leva que los capitanes de los Tercios plantaban en las gradas de la Catedral o en la Plaza de San Francisco. Imaginaos la estampa: un muchacho nacido en Triana o cerca de lo que hoy es la Alameda, acostumbrado al solano de la tarde y a una copita de vino de la tierra, viéndose de pronto a las órdenes del Marqués de Spínola tiritando de frío en los bosques de Renania y Westfalia, cargando con una pica de cinco metros y preguntándose qué se le habría perdido en aquella tierra del demonio.
Ha pasado bastante tiempo desde que los Austrias tuvieron a bien dejarnos tranquilos con sus guerras imperiales, pero el destino tiene estas cosas: más de tres siglos y medio después de aquella Paz de Westfalia, a los béticos nos toca volver a la misma provincia a la que nuestros antepasados fueron con sus picas y su frío. Esta vez no vamos en fila india por el Camino Español ni a las órdenes de ningún maestre de campo, sino a jugar un partido de Champions League contra el Borussia Dortmund, que se dice pronto. Y, desde luego, no vamos con la intención de firmar ningún tratado de paz ni de rendirnos ante nadie.
Dortmund es la capital indiscutible de la cuenca del Ruhr, el gran pulmón industrial de Alemania. Mientras por nuestro río entraban a la Casa de la Contratación la plata y el oro de las Indias, los antepasados de los norteños se dedicaban a picar carbón en la oscuridad y a fundir acero bajo chimeneas kilométricas. Es una ciudad obrera, gris, acostumbrada a la humedad, al hollín y a combatir el mal cuerpo que te deja la mina con jarras de cerveza Dortmunder, una rubia amarga pensada para tragarse el cansancio de diez horas de turno bajo tierra. Muy respetable todo, faltaría más. Pero nosotros somos de la tierra donde la cerveza fría no se bebe para quitarse el carbón del cuerpo, sino para celebrar que la vida nos ha puesto en el lado correcto de la historia y que la solana de la tarde nos pertenece.
Dicen los analistas y los sabios del fútbol europeo que el Westfalenstadion —el denominado Signal Iduna Park por obra y gracia del patrocinio moderno— es un territorio inexpugnable. Presumen allí de su famoso Gelbe Wand, el Muro Amarillo: una grada impresionante donde veinticinco mil alemanes vestiditos de amarillo y negro aprietan, cantan y botan como si les fuera la vida en ello. Te lo venden en la televisión como si fuera la muralla de Troya o una fortaleza inexpugnable del imperio germánico.
Pero a ver si nos enteramos. ¿Un muro? ¿A nosotros nos van a asustar con un muro amarillo con el hartón de albero que nos pegamos en la feria?
A un bético no le asustan las paredes de hormigón alemán. Si los sevillanos de los Tercios atravesaron medio continente helado a pie sin pedir permiso a ningún duque germano, ¿qué se creen que va a hacer una hinchada que lleva años curtida en el barro de la Segunda División, en desplazamientos a campos imposibles y en noches donde lo único que sostenía la fe era el escudo del pecho?
Ellos tendrán su cerveza amarga, sus minas de carbón y sus veinticinco mil alemanes apretados en una grada. Pero el Betis lleva consigo la luz de la Palmera y el orgullo de una afición que sabe que no hay muro en el mundo que pueda contener la marea verdiblanca cuando se pone a cantar con rabia y con la sabiduría que da el fracaso (Extremoduro dixit).
Que enciendan los focos de la cuenca del Ruhr y que preparen sus chimeneas. Que se guarden la Paz de Westfalia en los libros de historia, porque esta vez no vamos a Alemania a firmar la rendición: venimos a hacerles saber a los alemanes que, cuando el Real Betis Balompié salte al campo, las murallas de hormigón se volverán de albero y los tres puntos, que nos permitirán seguir dando vueltas por Europa, se vendrán para la orilla buena del río Betis.
