De todas me olvido cuando me acuerdo de ti

Por Javier Guerrero//@BetisShirts

Era un día de sol casi pleno de verano -digo casi porque un sol pleno solo existe durante un día de partido en Heliópolis- cuando el Real Betis Balompié volvía al bombo de la vieja Copa de Europa. Aquel 27 de agosto de ilusión y nervios por ver posibles rivales y destinos, en un grupo que comparto con tres béticos furibundos llamados Joaquín, Adolfo y Javi, el primero de ellos pasó los ocho rivales y empezamos a debatir sobre la dificultad de los mismos. Adolfo, con gran precisión, apuntó que eran difíciles, pero no más que cualquier combinación posible en el torneo de clubes más importante del mundo. Yo respondí simplemente “a vivirlo y a ganar la Copa” a lo que mi tocayo Javi me respondió: “porque de todas me olvido cuando me acuerdo de ti”.

Esa frase de un pasodoble de la comparsa Los Millonarios, se la dije hace muchísimos años haciendo referencia también al bendito torneo del KO, ese que este miércoles arranca y con el que, perdónenme, pero es imposible que no me emocione.

Y sí, por más que la Champions sea preciosa y estemos viviendo y haciendo historia tanto el equipo, como el club y la afición, en mi cabeza retumba “de todas me olvido cuando me acuerdo de ti”, como si me lo hubieran tatuado en mi cerebro. Y no sé si será que desde el día del sorteo no paro de darle vueltas a esa frase o que, simplemente, estoy loco de la cabeza, pero canción que escucho, canción que me lleva a lo mismo. Porque, lógicamente, es imposible estar en la barra libre de la boda de un amigo de tu peña y que al sonar “Quédate” de Quevedo no empiecen todos a cantar al unísono la verdadera letra con aquel “que la Copa a casa vuelve”. Pero reconozco que no es nada lógico escuchar al coro de la Virgen de Setefilla cantar tan bien como solo ellos saben el “Cinco años de espera” y razonar automáticamente que, desde 2022 a este 2027 en el que estamos a punto de entrar, también van cinco años. Los mismos que los que la Virgen está fuera de su pueblo, salvo que los loreños la requieran por necesidad, y los mismos en los que los béticos hemos soñado con actualizar en nuestros recuerdos el bendito penalti de Miranda. Y en ambas situaciones me he visto desde el día del sorteo hasta hoy. Y, en ambas, como en tantas otras que no caben este artículo, mi corazón brilla de una manera especial soñando con una nueva edición de tan bonito campeonato.

Y sí, claro que la Copa es difícil, dificilísima, casi imposible. Lo sé, no soy un necio. Porque como dijo Caro Romero a la Esperanza Macarena en su pregón: “sé que si la sueño yo, es porque todas la sueñan”. Y la sueñan los vascos que también la ven como suya. La sueña el Celta que tantas veces se ha quedado a las puertas, y la sueña su rival, que quiere volver a tenerla como hace décadas con aquel dinero de dudosa procedencia. La sueñan nuestros vecinos. La sueña el Atleti que aún tiene la miel en los labios del año pasado. La sueña el Barcelona como guinda de un posible triplete y la sueña Mourinho, que quiere quitarle algo al Barcelona. Sí, lo sé y la soñará hasta el Zaragoza, que quiere volver a ser lo que fue. Pero nosotros somos el Betis y también queremos volver a ser lo que fuimos, campeones como en 1977, en 2005 y en 2022.

Y sí, dependes de mil factores, de tu juego, del sorteo, de lesiones. Que sí, lo sé, si lo más probable es que esta empresa sea imposible, pero hay que soñarlo, porque las empresas fracasan por falta de fantasía, como bien nos enseñó Chaves Nogales. Así que tengamos la fantasía y la ilusión que esta misión requiere.

Que no es un torneo más, es el en el que tu bisabuelo se fue a Madrid a ver la primera final en 1931. Como hizo tu abuelo en 1977 en una noche mágica en el Calderón, como hizo tu padre en 1997 y 2005 y como hiciste tú en La Cartuja en 2022. No ha habido un solo bético en la historia que no haya soñado con ella. No ha habido una sola generación que no tenga recuerdos grabados a fuego en lo más profundo de su memoria.

Porque la Copa no es solo el torneo que más veces hemos ganado y del que más finales hemos jugado. Es el torneo que, estando en Segunda división, nos ha hinchado el pecho de orgullo tantas veces, echando a equipos de la talla del Real Madrid en 1931 o del Barcelona en 1994. Ese mismo Real Madrid al que, recién descendidos al pozo de la tercera, le metimos cuatro goles a cero. Ese mismo Barcelona de Guardiola al que pusimos contra las cuerdas con aquel 3-1, a pesar de que trajeron un holgado 5-0 de la ida. La Copa es el torneo de la mística donde tantas y tantas alegrías nos han dado unos penaltis que, de quince eliminatorias que llegaron a esta suerte, solo en cuatro perdimos, ninguna de ellas ni final ni semifinal por cierto. La Copa es el primer gol de Rubén Castro con el club y una remontada por 3-0 a los vecinos en una noche temprana de 1985. La Copa es Biosca de forma agónica marcándole al Español. Son los goles de Dani, de López, de Borja. La Copa es el manquepierda de la derrota en Zaragoza en 1994 o un señor petardazo en Ceuta en 2001. Porque la Copa es como la vida misma. Y la vida misma es el Betis, que con laureles de gloria y coronas de espinas vuelve a su competición, nuestra competición.

Y allí que me iré a Alcorcón, para volver a ser el niño que desde 2005 soñaba cada año con volver a levantarla. Allí me iré con la ilusión infinita de aquel que sabe que la gloria es efímera, pero que siempre vuelve para el que nunca se cansa de esperar. Porque, aunque el Navalcarnero nos haga un alcorconazo, somos los nietos del Manquepierda, y el Manquepierda es siempre creer en la esperanza de la siguiente oportunidad. A por una nueva, Betis, con la humildad y la ilusión que marcan nuestros eternos valores.

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