
Por Manuel Gómez/Foto cortesía de Javier Maldonado
En un día gris, de aquel mismo año, con el primer gran overbooking golsureño que se recuerda, y mientras niñas vestidas de flamenca llevaban el cartelón de su peña por el césped, se cantaba subiendo aquella raída escalera de hormigón, “oe oa, el Sevilla a la guefa ya no va”. Parecía premonitorio, nosotros celebrando el ascenso contra el Español de Camacho (otra señal…), y ellos, criticando a Aragonés por no conseguir el objetivo europeo.
Tampoco es que hubiera sido un paseo triunfal por la segunda; pero desde aquel primer advenimiento mallorquín tras el batacazo del Salto del Caballo, se vislumbró una luz esperanzadora con la posibilidad de salir de aquel túnel, que dejó abrazado a medio Villamarín, tras el gol de Aquino en el 83 al filial del Athletic.
Fue tal que, si icónico es el tren de Burgos, lo mismo lo es una pancarta de NO AL CIERRE DE GUILLETE. Que si queda para el recuerdo el gol de Ríos en la Romareda, también aquella salida a lo karateka de Diezma, el día mundial del beticismo contra el Palamós. La pena y la gloria. La miseria y lo efímero. Nuestra historia en una misma temporada.
En el verano tras el ascenso, se declaró la alerta verde en la ciudad con un aluvión de “musho Betis”, que José María García, en su especial de la liga de Interviú, entre fotos de carnes trémulas, bautizó como “betismanía”. Hasta un disco conmemorativo se grabó, con sencillos para la historia que quedaron para siempre. Lopera, desde entonces, empezó a transitar por las calles como si fuera un santo sin peana. Alguno le podrá achacar lo que quiera, pero con él, llegó un discurso luminoso, orgulloso, y guerrero contra nuestros rivales. El que niegue la divinidad que el beticismo otorgó a Don Manué durante esos años, o no los vivió, o está mintiendo.
De pronto, una marca internacional, de esas que tu veías en deportes Z, vistió al equipo; Umbro, ni más ni menos. La idea de Antolín ortega de vender prendas del equipo, por fin tomó trascendencia, y todos teníamos algo de la marca de los dos rombos. Eusebio Ríos (bueno, bajo su dirección deportiva), nos trajo a un par de balcánicos. Uno, campeón de Europa, con el flequillo como Lucky Luck, y el otro, un central con cara de diácono, que seguramente sea el futbolista más elegante que he visto en la Palmera. Encima, vinieron 5 que salían en aquellos duros álbumes de estampitas sin el Betis. Josete, Menéndez, Jaime, Jaro y aquel bajito, del atleti de Madrid de los 6 entrenadores en una misma temporada, al que llamaban el vaquerito.
De momento, y como pasa con todos los equipos triunfantes, yo tenía cierta pena por los cambios en el once. José Luis, mi portero, ocupó el sitio de Requena en el banquillo, y otro, que me caía bien por tener cara de predicador de quinario, el padre Tomas Olías, pasó a ser el suplente de Hristo. Serra, ya sabemos que no se casaba con nadie. Fuera sentimientos. El mundo es nuestro.
La liga empezó bien, equipo serio en las Gaunas; recuerdo “el día después” ,frotándose las manos con esos tipismos que tanto gustan a los mediocres de Madrid, enfocando en la grada, un sabanón blanco, en el cual habían puesto :“hemos vuelto” , con un dibujo del pico de nuestro escudo rompiendo en dos , el poco original modelo blasón suizo, del escudo del Sevilla .
La grada veía cositas, la liga avanzaba, pero aquí, dejémonos de pamplinas bien queda, todo el mundo miraba el candelario de liga, que asomaba para después de reyes. Antes, un aperitivo, que dejó los millones necesarios para curar a un chiquillo, pero que nunca se tomó como amistoso, ni por asomo.
El derbi de Ian, trajo hasta peleas en los bares por dilucidar de que equipo era el pobre niño. En mi pandilla de amigos, nunca hicimos el paripé, ese día directamente, cada uno por su lado. El estadio estaba de final, mitad por mitad, y Sabas metió dos goles antológicos, que casualmente, claro… no fueron tomados en cuenta, porque era un “amistoso”, ji, la misma historia de siempre, si fuera la revés… pero yo, di todo el por saco que pude, generando ese odio contra mi persona, por parte de los justificadores. Ahí lo llevas. Mes y medio antes del “oficial”, yo estuve regodeándome todo lo que pude.
Ellos seguían con la línea editorial de “era un amistoso”, y hasta se lo creían, porque así lo decían las radios locales. Para ellos era un affaire sin importancia, y en el gol norte de Nervión, se cantaba “nos vamos a fo… al Betis, el día 22”, un tema, que en los institutos coreaban sus fieles, con la altanería a la que siempre acostumbraban.
Veníamos de ganar con solvencia en Balaídos con un Cuellar estelar. El equipo, vale, estaría preparado, empatados a puntos, pero por encima. Pero, es verdad, que los nudos en la garganta venían más de nuestra parte, nada más que por haber estado 3 años 3 esperando esta revancha “oficial”.
El día amaneció pronto, yo no podía ni beber agua. La ciudad, sin los rollos esos macabeos del gran derbi, venía de ver a Lopera poniendo en su sitio a Cuervas, y a la madre de nuestro CEO, mediando para toda España. Tampoco había tanta guerra civilismo de mentira que llenan las redes esos días, solo, ni más ni menos, era los unos contra los otros, los protegidos por las autoridades locales, contra los despreciados. Sin más, un derbi, pero de verdad.
El partido cerraba la jornada en el canal plus. Había que buscarse sitio para verlo, o hacer como un amigo mío, que con la táctica de los viernes por la noche, se ponía la radio y los ojos como Deossa, para diferenciar a esos muñecos codificados.
Yo lo vi en la peña bética de mi barrio. El aire no me entraba. Salió el equipo al césped como debe ser, cada uno por su lado y en tiempos distintos, y los nuestros soltaban globos verdes desde la parte baja del gol sur. Entre humo de tabaco, mirando aquel televisor con culo gordo que estaba en la repisa, Cañas se adentró en el área, y un clamoroso rodillazo de uno de los que nos traicionaron, fue pitado como penalti. Madre mía, a mí que me dejen de Breslavia y cosas modernas, yo nunca he sentido tal ansiedad. ¿Cómo un penalti a favor puede recibirse como algo negativo? ; un dolor en la barriga que solo desapareció cuando Alexis la metió de gran categoría. El ambigú de la peña se tiró por los suelos, quedaba medio partido por delante, pero ahí estaba la gloria. Un tiro de un rumano que ficharon, y poco más. Victoria, llanto, justicia y venganza. Los cánticos se los metieron por el trasero, y los más apasionados nos fuimos a nuestro sitio a celebrar, la plaza nueva. No os dejéis engañar, los otros, no tenían ni sitio, eso fue un invento de 2006. Allí, con la policía dando palos, se soltaron tantos años y tantas penas, que noches como las de aquel día, sin duda, son las que contaré a mis nietos.
Me acordé de mi padre, en aquel derbi cuando Fernández paró el penal pero marcaron en el rechace, que me dijo: “niño, que éstos, nunca te vean llorar”.
El lobo de Wall Street se quedaría en pañales con la entrada triunfal en clase. El honor era mío. Como un general romano llegado de la Galia, entré por el pasillo, laureado y con el pecho empalomado, así fueron las cosas, que hasta me sentía más atractivo y seguro de mí mismo. Los profesionales hicieron el trabajo, y para los béticos, la gloria entre las manos.
La temporada ya estaba siendo apoteósica, luchando por entrar a la UEFA de verdad, en la que iban solo los primeros. Para el recuerdo aquel gol de Márquez, aquellos Roberto y Juan como centrales provisionales haciendo muralla en el calderón, el día de la prueba de orina de Gordillo. Un año para el recuerdo, como la clase de Stosic, la grandeza de Alexis o el pundonor del Toro.
Pero… faltaba lo que faltaba. Defender nuestro sitio. El castillo de nuestros mayores. La sombra del recuerdo reciente, no era lejana, y el Bendito se pintó de guerra para aquella tarde de Junio, dónde encima de verdad, se estaba luchando, además, por los puestos del pódium.
Mi obsesión era verlos llegar, recibir a los enemigos infieles. Ese día, todos nos la dimos de malotes, y cuando apareció la mancha roja por la explanada de albero, sin camiseta, a lo barra brava, con la poca carne que tenía, fui en busca de no sé qué afrenta directa, y en el correteo con los caballos de la policía, caí rodando entre los pedruscos. Entré tarde al gol sur loperiano donde se triplicaba la capacidad para que nadie se quedara fuera. Aquello temblaba, pero de verdad, y me puse en la esquina con fondo pegado como una lapa al muro blanco, cerca de la pancarta del tiritón. La solana era tremenda, y el tifo de los Suppors, creo que era , “Eurobetis”, con cartulinas verde y blancas por la mitad, al igual que en gol norte.
El partido empezó y el corazón me latía tan fuerte, que en el gol del polaco, hice avalancha con unos pocos, y se rompió la cotizada valla que tenía debajo. Es más, siempre recordaré de ese partido, las vallas verdes, rotas tras los goles, bajando por la grada como testigos de nuestra locura.
Y aquella pared del Pilato de San Benito, y aquel gol del delantero bajito, (el tercero en tres derbis), y aquellos llantos… Acortó distancias Tevenet, y yo no pude más. Me puse en cuclillas, sin querer mirar. Os prometo que pensaba que me iba a morir. A todo esto, en un balón en el área, con Jaro gateando, la vida parecía detenerse.
En la esquina de fondo los cuatro gatos (esa canción es nuestra de aquel día, no os dejéis engañar), y fin. Se acabó. Habían pasado tantas cosas, tantos desprecios y tantas humillaciones baratas. Esa es la resiliencia de verdad, no la de Sánchez. Aguantar en el mismo barco siempre, el manque pierda auténtico, que no es esa ñoñería de animar a los futbolistas por mandato del marketing. Ahí estaban varias generaciones abrazadas, la orden de los templarios de Heliópolis, en la cruzada de nuestros mayores.
Yo me quedé el último. Evidentemente, los de colorado que estaban en la grada no oían mis insultos adolescentes. La felicidad embargaba cualquiera de los sentidos. Todo en su sitio. De nuevo la bandera de nuestros padres ondeando en el Iwo Jima de la palmera. 2-1. Otro más.
La temporada acabó con Aquino dándonos la victoria ante el mismísimo campeón de liga. Los terceros no eran dónde salía la Cena, era el sitio que tenía guardado el destino para aquellos niños que íbamos a ver a los futbolistas, haciendo la pretemporada en el parque de María Luisa. La generación sin ídolos en el césped, y dónde los únicos referentes, eran los que nos enseñaron a amar, a sentir y a querer, a esta identidad llamada Betis, que tiene un equipo de fútbol.
